FABRICIO CORREA Y HANNIBAL LECTER


            Muchos recordarán al espectacular personaje Hannibal Lecter del escritor Thomas Harris.  En especial en la versión cinematográfica del Silencio de los Inocentes (o de los Corderos) con Sir Anthony Hopkins haciéndole temblar los labios a la Jodie Foster incluso cuando estaban separados por un cristal a prueba de secretarios de información.
            La idea novelada de un agente del FBI acudiendo solícito a un genio del mal, a un criminal sentenciado, para que sea su gurú y lo ayude a resolver su caso más difícil es una paradoja brillante.  El personaje de Lecter, además de fascinar  a psiquiatras, agentes del FBI,  enamora también a muchos espectadores y lectores que se dejarían comer el cerebro por el encantador criminal.   Llega un punto en que lo que diga Lecter es verdad absoluta aunque juegue con la mente de la pobre Jodie Foster y si algún fan de este personaje pudiera encontrarse con él en la vida real, sin duda le pediría los más variados consejos, desde la forma de seducir a una mujer más inteligente que uno, hasta cómo abrir las esposas con un clip.  Yo creo que Hannibal Lecter es un genial personaje, un interesantísimo sujeto, una inteligencia superior, pero también creo que es un criminal al que no le confiaría el cuidado de mi familia por temor a que se la desayune.
            Acá tenemos un casito parecido, una fascinación enfermiza y humillante hacia un señor que señala los caminos para encontrar a los culpables siendo él mismo uno de los principales. Todos los que lo escuchan, varios y varias enamoradas de su sonrisa y su don de palabrería,  caen rendidos ante sus verdades horrendas y lo aclaman como la bola de cristal de lo que realmente está pasando. 
            Con la misma contundencia con la que se podría decir “pero Lecter es un asesino”, también se podría decir “pero este señor nunca se quejó mientras los negocios le funcionaron”.  Pero pocos lo dicen, y se pasea orondo por canales de televisión y donde sea que lo inviten para, y le consultan (no lo entrevistan) como hacía la Jodie Foster,  ofreciéndole la mejor de las sonrisas y actitudes con tal de que nos revele algún secreto del mundo oscuro y asqueroso en el que arranchó los millones que luego le quitaron.  A mi no me jode que el Primer Ñaño denuncie casos de corrupción de este gobierno. Me repugna que en la práctica se tomen como denuncias sus dichos que en realidad deberían ser acogidos como confesiones de parte.
            Resulta pues una verdadera DERROTA NACIONAL que don Fabricio sea el adalid de la verdad, así como debe ser una gran vergüenza para un agente de la policía, ante su frustración, pedirle guía y consejo al mejor delincuente que tiene a la mano. 
            Es verdad que instituciones ya no quedan. Que las últimas como la prensa (mediocre en la mayoría de los casos) o las Fuerzas Armadas (de súbito militarista),  se terminaron por joder/descubrir en este gobierno. Es verdad que creer en la administración de justicia, policía, iglesia, gremios, aduanas es un acto de fe que hasta quema calorías de lo difícil que resulta.  Pero llegar al punto de tener como única fuente de credibilidad, verdad, información incontrastable a don Fabricio Correa, repito, es la nueva derrota nacional
            Como dije, pese a su brillantez a Hannibal Lecter no le encargaría a mi familia, ni a Fabricio Correa mi sentido de honestidad. 
  





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