lunes, 1 de agosto de 2016

¿EXISTE EL FEMICIDIO?

Soy de los que tienen pánico de convertirse en un conservador en el futuro. De aquellos que creen que los cambios ocurridos en el pasado y que han traído cierta comodidad a la actualidad fueron los suficientes y que nada más debe tocarse. Pero queda mucho por civilizar en el pensamiento humano.

Para muestra, no logro entender a las mujeres divorciadas que se sienten felices porque ahora la iglesia católica es más “tolerante” con las divorciadas.  Gracias a esta minúscula y humillante concesión dejan atrás todos los siglos de haber sido aplastadas por estos sistemas filosóficos enfermos de machismo, y siguen yendo a misa a oírle devotamente al padrecito. Pero además de esto, ya contentas con lo del divorcio, apoyan que la iglesia siga persiguiendo (con el mismo odio que tuvo por las divorciadas) a las parejas del mismo sexo.  Es una hipocresía del tamaño del universo esto de creerse liberales solo para lograr los adelantos mentales que nos convienen y por otro lado apoyar ideas conservadoras porque atañen a otros.


Dentro de las luchas que no son directamente mías, la tipificación del femicidio siempre me ha puesto a pensar. He dudado de si ha sido bien construido, correctamente conceptualizado, he dudado, pese a que no tengo segundos pensamientos sobre la urgencia de detener la violencia, claro está.


En mi época universitaria teníamos como gurú del derecho penal al argentino Raúl Eugenio Zaffaroni, y hace pocas semanas leí expresiones suyas sobre el femicidio que datan de 2012:

 “El homicidio por odio se produce contra minorías. La característica que tiene es que no importa el individuo. Hay dos lesiones: una al muerto y otra, por el metamensaje, a toda la colectividad. Y acá en la Argentina nadie sale a la calle a matar una mujer porque es mujer. Es una locura, no existe.”

Entonces mis dudas sobre el femicidio se acrecentaron, la lógica de Zaffaroni y su evidente conocimiento del derecho penal me dejaron algunas horas de reflexión. Suena tan poco probable que la causa de violencia sea sencillamente el sexo de una persona, me resultaba difícil de aceptar.  Por suerte soy de los que se siente usualmente tarado, y me quedé en el molde sin opinar sobre lo dicho por el penalista argentino.

Entonces, justo cuando el tema se me estaba olvidando, leí que el Arzobispo de Lima  Juan Luis Cipriani ha dicho esto en un programa de radio:

"esos medios de comunicación que constantemente difunden violencia, violencia también contra la mujer y también que difunden ese abuso del cuerpo, como atracción física carnal en horarios y de maneras muy sutiles"… "van creando toda una situación que luego las estadísticas nos dicen que hay abortos de niñas, pero no es porque hayan abusado de las niñas, son muchas veces porque la mujer se pone como en un escaparate, provocando."


Estas palabras me persiguen desde entonces: pero no es porque hayan abusado de las niñas, son muchas veces porque la mujer se pone como en un escaparate, provocando."


Si existiera el cuento bíblico, este antisocial merece las llamas del infierno, pero eso no va a pasar, ni tampoco tendrá consecuencias en la vida real. Esa organización mafiosa es especialista en encubrirse y eso ya lo sabemos de memoria los que tenemos la voluntad de aceptar la evidencia. 


¿Y qué pienso ahora sobre el femicidio? Que Zaffaroni se equivoca pues la realidad está reflejada  en el arzobispo Cipriani, que no es otra cosa que  la expresión de la mentalidad y conducta de millones de personas: Las niñas y las mujeres tienen la culpa de ser violadas o asesinadas porque lo provocan con sus cuerpos. Así, si la persona no es una mujer provocadora pues no será atacada. 

Si a Zaffaroni le hacía  falta un metamensaje de odio, pues aquí lo tiene. No es anecdótico lo dicho por Cipriani, es la voz y opinión de la mayor religión del mundo, la que es mayoría en Latinoamérica, la que promueve el odio y el discrimen, la que le ha dicho a la mujer,  desde hace miles de años, que solo puede ser virgen para ir al cielo o puta para ser despreciada, y que permite que violadores y pedófilos se sientan protegidos por quienes se presentan como los intermediarios entre un dios y los hombres.

Nunca lo tuve tan claro, pese a que ya me lo habían dicho algunas amigas más inteligentes y claras en las ideas sobre el femicidio. No obstante, me costó entender. El femicidio existe y es correcto tipificarlo para que sea aplicado en los casos correspondientes. Al contrario de lo que cree Zaffaroni, y como claramente “justificó” el cura aquel, definitivamente sí hay quien sale a la calle a matar una mujer porque es mujer.

viernes, 6 de mayo de 2016

Horizonte de las estrellas

Con los años, muy despacio y por cortas temporadas, he ido aprendiendo conceptos y teorías de la ciencia que me han fascinado.
Si en la época oportuna de mi juventud me hubiera interesado entender el universo, en lugar de colgarme de las vigas del Papillón, y además hubiera sido enseñado que la más inteligente manera de hacerlo la ofrece la ciencia, jamás habría pisado una facultad de Derecho. En esas aulas entré en una disciplina que tan solo explica el poder y sus consecuencias. No está mal, pero no es todo lo que se debe comprender.
Muchos hemos conocido el clásico ejemplo del átomo y de un sistema de planetas, el curioso hecho de que en un átomo los electrones orbiten alrededor del núcleo con protones y neutrones, de manera similar a un sol con sus planetas.  No obstante, hay otros. Otros fenómenos estelares explicados por la física, que parecen descripciones de la circunstancia del hombre, acaso no tan exactos en una comparación gráfica, pero si filosófica y hasta poética.
En 1930 Sbrahmanyan Chandrasekhar, un físico hindú apegado a la Teoría de la Relatividad de Einstein, explicó los agujeros negros como los conocemos ahora. Cuando la energía de una estrella gigante se agota por completo, su masa empieza a contraerse empujando hacia sí misma, acaso hasta el infinito. Así la estrella agonizante alcanza una densidad de increíble fuerza de atracción. Grita hacia adentro como buscando comerse su propio corazón. Se reduce en tamaño, pero multiplica su fuerza de gravedad.
Por años he disfrutado de las aplicaciones metafóricas que tiene el contundente agujero negro, esas “cosas” enormes que flotan en el espacio y que tienen tanta masa y por lo mismo tanta fuerza de gravedad que se tragan hasta la luz. Un agujero negro es el recuerdo de una estrella. Nadie ha visto lo que hay adentro de uno de ellos, no hay manera de emitir señales hacia el exterior, el agujero negro está desconectado del espacio. Es la definición de la despedida. Es la piel de lo definitivo y atroz.
Pero antes de “caerse” dentro de uno, todavía queda una zona con un nombre bello: el horizonte de sucesos. El horizonte de sucesos  es una zona invisible alrededor de un agujero negro desde la cual, en teoría, todavía puedes escaparte de caer al centro. Para evitarlo debes acelerar a la velocidad de la luz. Algo imposible en la actual realidad, pero posible en las opciones de la teoría. Esta misma teoría explica que si de todas maneras caíste necesitarás una velocidad superior a la de la luz para escapar. Y esto es, incluso para la teoría actual, irrealizable. Usar como metáfora de lo imposible el intento de escapar de un agujero negro, no está mal.
Es morbosamente tétrico ese no lugar desde donde no te pueden llamar. Desde donde no puedes ver ni ser visto. Adentro del horizonte de sucesos nada puede ser encontrado ni escuchado. Y no es porque quien haya caído ahí haya desaparecido, no ha desaparecido, sigue ahí, en alguna parte, vuelto polvo a causa del cortafuegos, pero sigue en alguna condición. ¿Serán fantasmas sin memoria los que flotan ahí?
El estado de la materia absorbida por un agujero negro es un misterio para todos, especialmente para los más geniales físicos de la humanidad. Pero está flotando en el horizonte de sucesos hasta que colapsa —conforme la teoría— en el centro del agujero negro. Algo así como: sabemos dónde estás, pero no cómo estás.
Y luego aparecen otras teorías al respecto, una de Hawking que sostiene que no, que no hay horizonte de sucesos, sino un horizonte aparente, y que de un agujero negro sí se escapa la materia, pero totalmente transformada, en forma de radiación. Que no se podría determinar lo que hay adentro a partir de lo que va saliendo porque todo ha cambiado. Un renacimiento sin memoria, digamos. Una forma de desaparecer sin desaparecer.
Y entonces pienso en los que se han ido. En mi abuelo que cumplirá 15 años de estar sin ser él en un agujero negro. E imagino que si algo de él logró escapar en forma de radiación, tendría que ser su mirada. Pero una mirada que ya no recuerda los ojos de donde vino, claro, ni lo que busca. Y con esto me conformo, no es su culpa no acordarse de mí, ni será la mía olvidarme de él cuando cruce el horizonte. Cualquiera de ellos.






martes, 12 de abril de 2016

Entrar a las olas


Son las tres de la mañana y el sonido potente del mar me ha recordado el título de la canción El mar no cesa, de los Héroes del Silencio. Es una observación real: las olas de agua burbujeante vienen una tras otra, así como sus sonidos. En este quinto piso, seguramente empujado el ruido por el viento, el mar parece a punto de meterse por el balcón.
Mi hijo mayor está de fiesta con sus amigos por algún lado de esta playa arenosa y semialumbrada. Es la primera vez que le hemos soltado la cuerda para algo como esto. Me ha llamado desde las 12 desde teléfonos diferentes, pues el suyo se ha quedado sin batería y el de otro amigo se ha caído al mar. La llamada de las tres de la mañana todavía no llega. No escucho sirenas ni gritos. Atrás del bramido del océano se distingue una música saltarina que no logro identificar desde dónde viene. Le pedí mil veces a mi hijo que no entrara a las olas.
Veo pequeños grupos de personas corriendo por la arena. Me sorprende que tengan energía para seguir a ese ritmo hasta estas horas. Deben ser jóvenes y más de uno ha entrado a la olas de un mar que ya anunció aguajes y turbulencias. A mí la espalda me está dando malas horas. Y seguramente me duele porque he cambiado —sudando y resoplando— la llanta baja de mi carro que amaneció muerta. Justo al frente de mi balcón un hombre de camisa roja camina hacia el mar. Va solo. En él me detengo morbosamente. Sería muy aburrido si se moja hasta las pantorrillas y se regresa. Debería ir con el corazón reventado y cantando Alfonsina y el mar. El amor es otra ola a la que entras en solitario.
Y el mar no cesa. Hace la de Mahoma y la montaña: si no entras a las olas, las olas entran en ti. A una hora diferente, con un par de tazas de café en el organismo, seguramente podría pensar algo profundo para relacionar al mar con la vida, con el paso de los años, con el miedo y la distancia.
Mis hijos menores duermen. Hace varias horas el más pequeño ha entrado al mar tomado de mi mano y el otro ya no me ha buscado para hacerlo. Uno siempre entra a las olas completamente solo, salvo cuando va de la mano de alguno de sus padres. Ahí el mar parece un juego, un baño de espuma incansable. Pero después la cosa cambia. Entras sabiendo que si te jala no debes luchar para salir porque te matará del cansancio, y que lo mejor es tratar de flotar de espaldas hasta que se aburra de ti y te deposite en tierra a pocos kilómetros de donde empezaste. O entras sabiendo que, si el sistema de alcantarillado no es de lo mejor, posiblemente estés nadando en mierda. O nadas tratando de olvidarte de las medusas venenosas, los tiburones despistados y los choros listos para llevarse tu ropa en la orilla.
Tres y cincuenta. Papi, ya estamos abajo. Al carajo el mar. Les digo que se laven la arena de los pies. Acomodo los colchones para los amigos. Se duermen en cinco segundos y dejo encendido el ventilador del techo. Pese a la parcial incomodidad, mañana no les dolerá la espalda.

            Mi hijo descansa por fin en la cama. Y por todas las ventanas entra el mar con su incesante canto de loco. Quiero pensar que me está felicitando por los críos. Prefiero eso a otro tipo de mensaje. Más tarde volveremos al juego. Él siempre viene solo. Nosotros también.

martes, 8 de marzo de 2016

El valor del activismo

Por “activismo” quiero referirme exclusivamente a esa actividad que busca ampliar derechos a quienes por costumbre les han sido negados o limitados.   Hay gente que se enoja con este activismo, posiblemente porque los cambios estorban, y seguramente porque se olvidan de que el mundo actual es mejor que el pasado en muchos aspectos gracias a los activistas y su constante inconformidad.

Los días pasados han sido una pesadilla de violencia y crimen en el Ecuador. En orden cronológico nos enteramos de los asesinatos de dos turistas argentinas en Montañita, de dos infantes degollados en Muey y de un niño violado y asesinado en Esmeraldas.  No hace mucha falta hacer énfasis en la repercusión social y mediática que estos crímenes tuvieron dentro y fuera del país, todos sabemos por dónde y cómo se repartió el interés de estas noticias.

No pretendo establecer una comparación, no me atrevo a decir que dos niños de 4 y 6 años degollados es un acto más terrible que un niño de 9 violado y asesinado, o que dos chicas mayores de edad muertas mientras visitaban una de nuestras playas.  Tampoco pienso caer en ese canto acomplejado de reclamar más atención para nuestros compatriotas pobres, que hacia dos extranjeras de apellidos europeos. No hay espacio para la comparación en estos días tan llenos de horror que estamos a punto de volvernos inmunes a la decepción por nuestra propia especie. 

Sin embargo, hay algo para preguntarse: ¿Por qué razón o razones un crimen tuvo más o menor impacto público?  ¿Cómo enfocar un análisis y una posible explicación sin caer en el complejo, en la xenofobia, y en la politiquería ramplona? 

Tengo una teoría que no parte de la envidia, sino de un acto positivo: Lo que provocó una mayor atención hacia las chicas asesinadas fue el activismo a favor de la mujer.

Notarán ustedes cómo el asesinato de Marina y María José despertó varios elevados intelectos (mayoritariamente femeninos), que produjeron textos contundentes y ampliamente difundidos sobre  la mujer y sus derechos. Aquí un lingote de oro como muestra: Mafer Ampuero Revista Anfibia    En seco y al instante fueron parados los idiotas intentos por culpar a las víctimas por ejercer su vida con libertad. Si algo bueno pudo salir de tanta tristeza y maldad, fue haber dejado en claro que la víctima de un delito con esas características jamás es la responsable. Será muy difícil que en el futuro alguien más se atreva a sostener que una faldita corta justifica a un asesino, sin que sea debidamente acomodado en su respectivo orificio.

Regreso al activismo.  El  siglo XX –por ejemplo- nos ofrece varias muestras de cómo la legislación penal y civil fue cambiando lentamente para que la mujer no resultara siempre la parte débil, especialmente en el campo sexual.  Estos cambios, no fueron el resultado  espontáneo de las mente conservadoras y tradicionales de nuestros legisladores, sino el efecto del activismo feminista.  Así también el derecho al voto, la administración de su propio patrimonio, y la continua búsqueda de igualdad de oportunidades se han dado gracias a esta lucha sin tregua. Y sin descanso, porque la brutalidad tiene su propio impulso y energía de ahí que el activismo actúa como la palanquita para vaciar los retretes cuando es necesario.

¿Falta activismo a favor de los niños en desventaja como los de Muey, o el de Esmeraldas?

No voy a caer en ese odioso defecto falaz de decirle a otro qué activismo debería tomar. “En vez de joder en la plaza de toros, estos jipis antitaurinos deberían preocuparse por los niños de la calle”, es una de las piezas más exuberantes de idiotez con las que me he topado en la vida,   por lo tanto en ese rol de juez de activismos no pienso caer.  Y de todas maneras me vuelvo a preguntar si falta activismo a favor de los niños en desventaja como los de Muey.

La respuesta es obvia. El activismo falta en todas partes, es una lucha desigual, en muchos casos es un goteo de agua que a fuerza de constancia y muchos años termina de romper la roca. Es necesario y ojalá fuera más amplio y fuerte. Entonces, ¿a quién le correspondería o interesaría abanderarse de esta tragedia de Muey? ¿Qué fibras de la sociedad deberían despertarse con este dolor? El dolor despierta y sacude, a fin de cuentas el 8 de marzo se conmemora a partir del asesinato de 146 mujeres que murieron quemadas dentro de una fábrica textil en New York dentro de la cual reclamaban mejores salarios.

Pienso en esos niños de 4 y 6 años degollados por la mano que más debió amarlos.  Pienso que la mayoría de personas creen que por el simple hecho de ser heterosexual una pareja ya sus hijos estarán a salvo automáticamente. Pienso en esos mismos seres que se aterran con la adopción de parejas homosexuales, como si ser pareja homosexual fuese la garantía de una tragedia asegurada. Pienso en tantos niños abandonados, o parcialmente cuidados en hogares de paso, o en orfanatos, o encargados donde parientes que nunca los quisieron. Recuerdo las estadísticas que señalan que el mayor porcentaje de ataques sexuales a niños corresponden a parientes cercanos. Y vuelvo a preguntarme ¿por qué hay tanta gente de neuronas aisladas que confunde homosexualidad con pedofilia?

En redes flota, como basura en el mar, un meme que dice que la adopción es un derecho de los niños a tener padre y no un derecho de los homosexuales a tener hijos.  Esta falacia deja de lado lo más importante: hay parejas homosexuales que quieren hacer efectivo ese derecho del niño, pero hay gente que se cree con la facultad de impedírselos por discrimen e ignorancia. Y de paso esa misma gente solo se limita a “prohibir”, pues tampoco está  adoptando a esos niños. Perros del hortelano, y de los peores.  Perros de fábula, por cierto, porque los perros reales son mejores que cualquier humano.

Me pregunto, y no voy a dejar de hacerlo, si esos niños o su entorno dieron alarmas que debieron ser atendidos por la metiche vecindad que está para el chisme pero no para lo importante. O si hubo denuncias y las autoridades las traspapelaron en sus cajones sin fondo. Y me cuestiono, y tampoco dejaré de hacerlo, qué hubiera pasado si esos niños u otros niños con el mismo destino cruento pudieran haber ido a parar en un amoroso hogar de dos madres o de dos padres, en lugar de terminar en un nicho blancuzco y triste donde podrás leer y calcular sus edades al morir, pero nunca enterarte que murieron con las gargantas cercenadas a cuchillo por la mano que más debía cuidarlos.  


Por la mano que nadie puso en duda por que es heterosexual.

miércoles, 2 de marzo de 2016

“LA VERSION OFICIAL”

Los asesinatos de Marina y María José, además de la evidente tragedia para sus familiares y amigos, nos ha puesto como país en una suerte de caja de Pandora, de la cual todos los males de nuestras mentes han brotado sin control.

Es imposible llamar a la reflexión a los pocos pero crueles antisociales sin remedio que las culparon usando “argumentos” como ir en tanga y drogadas; ni tampoco a quien hizo la más sucia mofa, como un miserable mal nacido tuitero cuyos trinos no me da el estómago para reproducir.

Fueron pocos quienes cayeron en la torpeza de culpar a las víctimas, pero entraron en un huracán negativo hacia la imagen de las  chicas que empezó unas pocas horas antes  con la rueda de prensa del Ministro Serrano en la cual compartió con los periodistas la versión del sospechoso detenido cuyas iniciales son “P.M.”

Se puede leer en el Diario El Universo, por ejemplo, lo siguiente  “Serrano señaló que, de acuerdo con la versión del autor confeso P.M.,   …”, (en el video se le escucha decir lo mismo: de acuerdo a la versión de Ponce Mina…) y varias veces indica el Ministro “de acuerdo a la versión de...”.   En esa versión supimos que el sospechoso del crimen  dijo en resumen, y entre otras cosas, que las chicas fueron con ellos de forma voluntaria por haberse quedado sin dinero.

Y no he logrado encontrar el momento cuando la versión del sospechoso se convirtió en la versión oficial. Es decir, un tipo se atribuyó un asesinato, dio algunos detalles y esa declaración se convirtió en algún instante en la versión oficial para todos. No he logrado encontrar el video, noticia, foro, foto, algo donde se aclare en qué momento la versión del detenido se convirtió en la opinión de Serrano, aunque posiblemente alguien se confundió cuando el Ministro del Interior tuiteó:  “hemos aprehendido a los 2 autores del asesinato de las jóvenes argentinas”, pero ninguna autoridad ha dicho: ESTA ES LA VERSION OFICIAL: HACEMOS NUESTRAS TODAS LAS PALABRAS DEL SOSPECHOSO, LAS AUTORIDADES CREEMOS QUE LAS CHICAS ASESINADAS SE FUERON VOLUNTARIAMENTE A UNA CASUCHA TENEBROSA CON SUS ASESINOS PORQUE SE QUEDARON SIN PLATA.  

Seguramente a las familias de las chicas asesinadas  ya les llegó la información de que la “versión oficial de las autoridades del Ecuador” incluía el acercamiento voluntario de las chicas a sus posibles asesinos, porque estaban sin dinero.  Eso las hizo ver mal, aunque acercarse a pedir ayuda a un extraño no tenga nada de malo.  Posiblemente lo hicieron, quienes las conocían aseguran que no, pero esto realmente no es lo importante pues la forma en que un criminal encuentra para acercarse a matar no es lo que se debe calificar, sino el delito.  Para colmo de la especulación los rostros de esos sospechosos  se volvieron virales en una foto que el mismo Ministro colgó en Tuiter.  

Y luego la bola de nieve no paró:

 “Familiares de argentinas asesinadas no creen en la versión oficial”, tituló Ecuavisa.com y citó lo siguiente:

“El portal de La Nación, asegura que Belén, la hermana de Marina Menegazzo, no confía en la versión de la Policía de Ecuador. "No concuerda absolutamente nada lo que dicen. A mi hermana la conozco. El testimonio de los sospechosos es absurdo. Tenían plata. Esto es un tema de trata de personas"

Para el mismo medio habló Sofía Sarmiento, amiga de viaje de las víctimas, y dijo que tampoco cree la versión oficial. 

"Mis amigas nunca se hubieran acercado a gente así, mayor, con esos rasgos físicos. Hay argentinos viviendo allá. Si les hubiera pasado algo hubieran recurrido a gente que conocen y que saben que las van a ayudar".


Cuando alguien dijo, en algún espacio, que lo que declaró el sospechoso ERA LA VERSION OFICIAL de las autoridades del Ecuador, evidentemente saltaron las dudas, las incongruencias, los vacíos por llenar, PERO a esas mismas personas que entraron a compartir sus propios análisis, teorías (como el de trata de blancas, por ejemplo), y hasta sus burlas, se les olvidó detenerse observar que estaban dándole la calidad de versión oficial a la declaración de un dudoso sospechoso.  No se si me hago entender. Se partió de un grave error de juicio, a mi parecer. Lo repito: la versión la dio el sospechoso, no es la opinión de la Policía, no es su informe para el Fiscal, no es la opinión siquiera del fiscal a cargo, fueron palabras citadas por el Ministro del Interior sobre lo que dijo otra persona, el sospechoso que se declaró culpable. Esa versión motivó también su detención para investigaciones. 

A partir de que la versión del sospechoso que bien podía ser una mentira completa o una mentira parcial, o una verdad completa o una verdad parcial, empezaron a surgir las dudas sobre la investigación policial del Ecuador, como si esa declaración del sospechoso hubiese detenido el resto de la investigación y la recopilación de otras pruebas o evidencias, o como si esa declaración se hubiese elevado a una forma de sentencia judicial.  

Hubo un momento de esta tragedia cuando los ecuatorianos dejamos que nos conviertan a nivel mundial en unos imbéciles capaces de convertir en dogma judicial  las palabras de un sospechoso de asesinato.  Y yo si quisiera que alguien por ahí sepa que somos algunos los que sabemos que esas palabras del sospechoso se irán sumando a otras evidencias y pruebas que ojalá nos lleven a una sanción justa para quien se la merezca; que esas palabras deberán confirmarse o negarse con el resto de la indagación. Que aunque muchos pensemos que efectivamente ellos las mataron, la última palabra las tendrán los jueces. 



Es muy poco lo que hemos perdido como país si lo comparamos con la pérdida de esas familias argentinas a las que no podemos darles ni una pizca de consuelo. Pero no perdamos más. Vamos años pidiendo a gritos mejores inteligencias, mayor claridad y transparencia, autoridades de superior accionar, pues cumplamos con nuestra parte como ciudadanos, a fin de cuentas somos la materia prima de los que nos gobiernan.

jueves, 18 de febrero de 2016

¿Dónde estaban los bárbaros?

Ocurre que uno va por el internet, navegando con ilusión y una sonrisa, con fotos del sol pegándote en la cara y videos del mar arrullándote cuando de pronto te llega un link de un artículo, como el que leí hace unos días, en el cual una señorita se preguntaba: “¿Dónde estaban los bárbaros que tenía que ver en la plaza de toros?”

Su artículo más o menos nos explicaba que no había ido a una corrida de toros porque había oído y leído cosas horrorosas de las personas que acuden a la plaza y, cargada de todo ese malsano prejuicio, pues se había perdido de una cosa hermosa, con señores ataviados de oro, muy valerosos, y aplaudidos por gente que para su sorpresa resultó muy linda. “Que fácil caemos en juzgar al otro desde su hacer, que fácil calificamos brutalmente a aquellos que creen en cosas diferentes o disfrutan de cosas distintas, que fácil hacer juicios de valor sin la valentía de escuchar al otro…”, sostenía, no desprovista de sentido, pero desnuda de contexto.

Me dio pereza entrar a comentarlo en las redes, la verdad, porque el discurso antropocéntrico no me estimula charla alguna.

Pero diosito, que es un sarcástico hijodeputa, suele poner a funcionar a sus bestias inmundas de las maneras más útiles para desbaratar la propia brutalidad humana.  Y pese a que suele demorarse, esta vez fue cuestión de dos días para que nos llegara desde una playa argentina la noticia de docenas de bañistas que por sacarse una selfie con un tierno delfín atrapado, lo tuvieron fuera del agua, de mano en mano y de foto en foto hasta que murió. Lo tiraron a la arena y se acabó la alegría.

Entonces me agarró una especie de delirio a lo Nerón, y quise ver las llamas devorando el planeta, y a falta de arpa, deseé escribir en mi laptop un romántico artículo preguntándome dónde están los bárbaros de esa playa. ¿Dónde?, si la verdad es que eran niños con las caritas rojas del sol alegre y salpicados de arena blanca; y mujeres en trajes de baño tan seguras de sus cuerpos y bronceados, y hombres valerosos de brazos peludos, dispuestos a reventar a puñetes a los padres del delfín si osaran llegar a rescatarlo. Y quise escribir también que sería cuestión de un poco de constancia para hacer de esta playa argentina un sitio turístico donde todos los años se pasearía un delfín joven de mano en mano hasta matarlo, y en lugar de aplausos serían fotos, y a cambio de trajes de luces, serían bikinis y calzoncillos. “El Delfín Florón” podría titularse la fiesta, que de paso podría consagrarse a alguna virgen o a algún cristo. Sería cuestión de pocos años para que esa tradición se convirtiera en parte de la cultura y vida económica de esa zona.  Y, no faltaba más, si algún tipo raro de esos que defienden a los delfines (o cualquier de aquellos que con esta noticia sintió que la humanidad había caído otros cien metros en su pozo de mierda), se apareciera a reclamar por tal atrocidad, pues sería tildado de jipi, vago y progre mugroso. Y se le recomendaría leer el artículo de la señorita que se quedó sin encontrar a los bárbaros en la plaza de toros.

Yo, que algo de experiencia tengo en estos temas, primero le gritaría al jipi que no joda porque igual se come la carne de los pollos y las vacas, y luego le agregaría –para fulminarlo con mi lógica de tres toneladas- que el delfín nació para eso, que ya fue feliz en el mar y que no sufrió porque con la adrenalina de verse arrancado de su hábitat para ser paseado como un verdadero ídolo (qué honor para el delfín, no jodamos), nunca sufrió dolor ni miedo alguno.

Tengo en mi cabeza incrustadas las fotos del delfín y de docenas de toros torturados. Y junto a esos espacios de mi cerebro llevo clavadas las frases que se repiten como ecos por ahí: “respeta mis gustos”, “si no te gusta, no mires o no vayas”. Me dirán que estoy comparando “fiestas” diferentes, cuando  la verdad es que entre el delfín y el toro no hay diferencia: una persona decidió su destino porque se creyó en tal derecho. Difieren únicamente  en que aquello del toro acuchillado nos tiene más acostumbrados porque la “fiesta” empezó siglos atrás. No hay más distinción. Hay muerte, tortura, abuso, turba y ceguera. La una barbarie  ha ocurrido por primera vez, y la otra no.

Hay en estos hechos (y miles más) pensamiento antropocéntrico puro y duro. Es el tipo de reflexión que nos hace decidir qué animal merece qué cosa, cuándo y cómo. Es la equivocada percepción de que si la adornamos con ropajes brillantes y poemas bien logrados, la brutalidad es un arte. No sería un asunto de gustos y tradiciones si hiciéramos el esfuerzo por equiparar al delfín y al toro para lidia. En otras palabras, si la empatía fuese igual para ambos.

“Que fácil caemos en juzgar al otro desde su hacer, que fácil calificamos brutalmente a aquellos que creen en cosas diferentes o disfrutan de cosas distintas, que fácil hacer juicios de valor sin la valentía de escuchar al otro…”. Si la articulista hubiese incluido a los animales en el concepto “el otro”,  este párrafo nos elevaría como humanidad. Pero se quedó en el ser humano y justifica con algo de elegancia el abuso sanguinario y cruento.  “Disfrutan cosas distintas”, claro, tan distintas como tomarse selfies con un bebé delfín hasta matarlo. ¿Se ve lo que yo veo? 

Por si lo parece, no estoy escribiendo en contra de los “bárbaros”, pues no creo que los son todos los que gritan ¡ole! (quiero y quiero con el alma a muchos de ellos); ni siquiera escribo contra  los imbéciles de esa playa, cualquiera de esos seguro es mejor persona que yo en líneas generales. Hablo a favor de los animales. No me voy en contra de tus gustos, me voy a favor de esos seres y su derecho a no ser asesinados por mero placer humano, y si eso nos enfrenta, pues lo siento.


No eres tú, ni soy yo. Son ellos. Ellos si encontraron a los bárbaros.