jueves, 15 de septiembre de 2016

JAMAS CONFESAR UNA INFIDELIDAD


En esto hay que ser muy serios, no se trata solamente de caer en la automática e instintiva evasión de la responsabilidad, se trata de aplicarla con fundamentos.

Si usted está siendo acusado por una infidelidad que si cometió, y le están quebrando la psiquis para reconocerlo,  le recomiendo, en primer lugar,  un análisis FODA de su situación.  ¿Cuál es la fortaleza de reconocerlo?  Seguro que ninguna. ¿Cuál es la oportunidad? Salvo que usted quiera mismo divorciarse o convertirse en un o en una paria con menos derechos que la licuadora, hágalo. ¿Cuáles son las debilidades? ¡Su futuro pues bestia!, y ¿cuáles las amenazas? Pues las amenazas van desde venganza con acto similar, pasando por un humillante y carísimo divorcio promocionado y seguidos en redes sociales, hasta la atenta visita del señor de la moto.

Tengo que serles sincero, en este caso ser sincero o sincera, no les servirá de nada. Salvo la fiscalía, nadie te rebaja la pena por aceptar la culpa. Aquello de “si me dices la verdad, te perdono” es una mentira más grande que “solo lavé unos pocos activos”.

Dejo aquí estas 6 recomendaciones que espero les lleven por el camino de la paz.

1.- La duda es tu amiga: En el fondo nadie quiere divorciarse, salvo cuando ya quiere divorciarse. Nadie quiere salir de su zona cómoda (que muchas veces es un espejismo), y creo que a todos nos gana la pereza de caer en un huracán de relajos a consecuencia de un polvo fuera de la jurisdicción hogareña.  Por esta razón, tanto la esposa como el esposo cuya testuz ha sido sembrada con cachos, desea y ansía es que el cuerno no haya sido verdad. Que haya sido una pesadilla. Y si todavía la evidencia es insuficiente, usted está en perfectas condiciones de usar la duda a su favor y negarlo todo.  La tendencia de su contraparte será creerle, no porque usted sea fiable (no sea gil), sino porque es más cómodo para todos.

2.- Escupe sobre la evidencia: Casi todo puede ser refutado: en un chat donde le escriban que “por atrás le gustó mucho más”, usted puede explicar que se trataba de un análisis arquitectónico para la ampliación de la oficina. Revisionismo histórico le llaman.   Hasta de un vídeo porno casero filmado en el motel de su preferencia se puede salir a flote, si las tomas son borrosas. Siempre trate a la evidencia con la que le acusen como a simple superchería. Búrlese de ella, aunque sea irrefutable, haga lo que los religiosos hacen cuando les hablan de la evolución, niéguela sin asco y apele a su dogma creacionista preferido.  En la parte del mundo en que nos tocó vivir todo puede ser negado, úsalo.

3.-Victimícese:  Si es mujer le resultará más fácil. “Yo no soy una puta”, puede ser su frase de apertura, repítale tres o cuatro veces y empiece a llorar y remate con un contundente: “pensé que me conocías” y con paso firme abandone la habitación (pero llévese el celular!), hacia la sala donde ubicará su mirada hacia el horizonte.  Y en el caso de ser hombre, no recomiendo mucho la victimización, porque las esposas con el tiempo desarrollan instintos de empatía para toda clase de bicho menos para el marido. Enójese, contraataque inmediatamente con alguna acusación sobre la inseguridad femenina, hágale un recuento de las noches de farra a las que renunció por ella y pregúntele si alguna vez le ha fallado como hombre (esta última pregunta es una ruleta rusa, pero hay que usar toda la artillería).  

4.- El rabo de paja: Cuando se le acuse de haber tirado, a partir de la interpretación de correos electrónicos o chats privados,  exija inmediatamente a la parte acusadora que le permita leer todos sus correos y chats. “Vas a ver cómo yo también puedo hallar frases con las cuales imaginarme que tienes un amante”.  Si su contraparte es hombre, el cojudo se quedará más frío que pésame por tuiter, y dejará las cosas ahí. Pero si su contraparte es mujer, busque ayuda profesional porque ellas sí son pilas y abren correos paralelos y borran los chats.

5.- Efecto fusible:  Si les sobra algo de lucidez el momento del impacto, y la cosa ya es insostenible, quemen un fusible usando la defensa siciliana del ajedrez, que es algo así como sacrificar un peón. “Ella es la moza del Juanito, no mía, y he tratado de salvar su matrimonio”. “Él es amante de mi prima Marjorie, no mío y he tratado de salvar su matrimonio”.  Haga la finta y convierta su calentura en un acto heroico.  Si le resulta, disfrute su triunfo en soledad.  Contraindicaciones: Prepárese para que su mujer odie con furia a su pobre y sorprendido amigo Juanito y asegúrese de que su marido no quiera tirarse a su prima que sin saberlo se ganó una inédita simpatía.

6.- Callar a tiempo: Esta es una recomendación para la parte acusadora.  Expertos señalan que una acusación de infidelidad es una traumática experiencia similar a un palazo en la nuca y cuando el cerebro se sacude, las consecuencias son impredecibles.  Lo que se recomienda para mujeres y hombres que dudan de sus parejas es caer en un largo y reflexivo silencio una vez lanzada la bomba. Insistir demasiado en la falta a la exclusividad puede hacer que el o la infiel termine entendiendo las causas y razones que le o la llevaron a otro colchón y en lugar de arrepentirse termine despidiéndose con una serenidad más imperdonable que la misma traición.



lunes, 1 de agosto de 2016

¿EXISTE EL FEMICIDIO?

Soy de los que tienen pánico de convertirse en un conservador en el futuro. De aquellos que creen que los cambios ocurridos en el pasado y que han traído cierta comodidad a la actualidad fueron los suficientes y que nada más debe tocarse. Pero queda mucho por civilizar en el pensamiento humano.

Para muestra, no logro entender a las mujeres divorciadas que se sienten felices porque ahora la iglesia católica es más “tolerante” con las divorciadas.  Gracias a esta minúscula y humillante concesión dejan atrás todos los siglos de haber sido aplastadas por estos sistemas filosóficos enfermos de machismo, y siguen yendo a misa a oírle devotamente al padrecito. Pero además de esto, ya contentas con lo del divorcio, apoyan que la iglesia siga persiguiendo (con el mismo odio que tuvo por las divorciadas) a las parejas del mismo sexo.  Es una hipocresía del tamaño del universo esto de creerse liberales solo para lograr los adelantos mentales que nos convienen y por otro lado apoyar ideas conservadoras porque atañen a otros.


Dentro de las luchas que no son directamente mías, la tipificación del femicidio siempre me ha puesto a pensar. He dudado de si ha sido bien construido, correctamente conceptualizado, he dudado, pese a que no tengo segundos pensamientos sobre la urgencia de detener la violencia, claro está.


En mi época universitaria teníamos como gurú del derecho penal al argentino Raúl Eugenio Zaffaroni, y hace pocas semanas leí expresiones suyas sobre el femicidio que datan de 2012:

 “El homicidio por odio se produce contra minorías. La característica que tiene es que no importa el individuo. Hay dos lesiones: una al muerto y otra, por el metamensaje, a toda la colectividad. Y acá en la Argentina nadie sale a la calle a matar una mujer porque es mujer. Es una locura, no existe.”

Entonces mis dudas sobre el femicidio se acrecentaron, la lógica de Zaffaroni y su evidente conocimiento del derecho penal me dejaron algunas horas de reflexión. Suena tan poco probable que la causa de violencia sea sencillamente el sexo de una persona, me resultaba difícil de aceptar.  Por suerte soy de los que se siente usualmente tarado, y me quedé en el molde sin opinar sobre lo dicho por el penalista argentino.

Entonces, justo cuando el tema se me estaba olvidando, leí que el Arzobispo de Lima  Juan Luis Cipriani ha dicho esto en un programa de radio:

"esos medios de comunicación que constantemente difunden violencia, violencia también contra la mujer y también que difunden ese abuso del cuerpo, como atracción física carnal en horarios y de maneras muy sutiles"… "van creando toda una situación que luego las estadísticas nos dicen que hay abortos de niñas, pero no es porque hayan abusado de las niñas, son muchas veces porque la mujer se pone como en un escaparate, provocando."


Estas palabras me persiguen desde entonces: pero no es porque hayan abusado de las niñas, son muchas veces porque la mujer se pone como en un escaparate, provocando."


Si existiera el cuento bíblico, este antisocial merece las llamas del infierno, pero eso no va a pasar, ni tampoco tendrá consecuencias en la vida real. Esa organización mafiosa es especialista en encubrirse y eso ya lo sabemos de memoria los que tenemos la voluntad de aceptar la evidencia. 


¿Y qué pienso ahora sobre el femicidio? Que Zaffaroni se equivoca pues la realidad está reflejada  en el arzobispo Cipriani, que no es otra cosa que  la expresión de la mentalidad y conducta de millones de personas: Las niñas y las mujeres tienen la culpa de ser violadas o asesinadas porque lo provocan con sus cuerpos. Así, si la persona no es una mujer provocadora pues no será atacada. 

Si a Zaffaroni le hacía  falta un metamensaje de odio, pues aquí lo tiene. No es anecdótico lo dicho por Cipriani, es la voz y opinión de la mayor religión del mundo, la que es mayoría en Latinoamérica, la que promueve el odio y el discrimen, la que le ha dicho a la mujer,  desde hace miles de años, que solo puede ser virgen para ir al cielo o puta para ser despreciada, y que permite que violadores y pedófilos se sientan protegidos por quienes se presentan como los intermediarios entre un dios y los hombres.

Nunca lo tuve tan claro, pese a que ya me lo habían dicho algunas amigas más inteligentes y claras en las ideas sobre el femicidio. No obstante, me costó entender. El femicidio existe y es correcto tipificarlo para que sea aplicado en los casos correspondientes. Al contrario de lo que cree Zaffaroni, y como claramente “justificó” el cura aquel, definitivamente sí hay quien sale a la calle a matar una mujer porque es mujer.

viernes, 6 de mayo de 2016

Horizonte de las estrellas

Con los años, muy despacio y por cortas temporadas, he ido aprendiendo conceptos y teorías de la ciencia que me han fascinado.
Si en la época oportuna de mi juventud me hubiera interesado entender el universo, en lugar de colgarme de las vigas del Papillón, y además hubiera sido enseñado que la más inteligente manera de hacerlo la ofrece la ciencia, jamás habría pisado una facultad de Derecho. En esas aulas entré en una disciplina que tan solo explica el poder y sus consecuencias. No está mal, pero no es todo lo que se debe comprender.
Muchos hemos conocido el clásico ejemplo del átomo y de un sistema de planetas, el curioso hecho de que en un átomo los electrones orbiten alrededor del núcleo con protones y neutrones, de manera similar a un sol con sus planetas.  No obstante, hay otros. Otros fenómenos estelares explicados por la física, que parecen descripciones de la circunstancia del hombre, acaso no tan exactos en una comparación gráfica, pero si filosófica y hasta poética.
En 1930 Sbrahmanyan Chandrasekhar, un físico hindú apegado a la Teoría de la Relatividad de Einstein, explicó los agujeros negros como los conocemos ahora. Cuando la energía de una estrella gigante se agota por completo, su masa empieza a contraerse empujando hacia sí misma, acaso hasta el infinito. Así la estrella agonizante alcanza una densidad de increíble fuerza de atracción. Grita hacia adentro como buscando comerse su propio corazón. Se reduce en tamaño, pero multiplica su fuerza de gravedad.
Por años he disfrutado de las aplicaciones metafóricas que tiene el contundente agujero negro, esas “cosas” enormes que flotan en el espacio y que tienen tanta masa y por lo mismo tanta fuerza de gravedad que se tragan hasta la luz. Un agujero negro es el recuerdo de una estrella. Nadie ha visto lo que hay adentro de uno de ellos, no hay manera de emitir señales hacia el exterior, el agujero negro está desconectado del espacio. Es la definición de la despedida. Es la piel de lo definitivo y atroz.
Pero antes de “caerse” dentro de uno, todavía queda una zona con un nombre bello: el horizonte de sucesos. El horizonte de sucesos  es una zona invisible alrededor de un agujero negro desde la cual, en teoría, todavía puedes escaparte de caer al centro. Para evitarlo debes acelerar a la velocidad de la luz. Algo imposible en la actual realidad, pero posible en las opciones de la teoría. Esta misma teoría explica que si de todas maneras caíste necesitarás una velocidad superior a la de la luz para escapar. Y esto es, incluso para la teoría actual, irrealizable. Usar como metáfora de lo imposible el intento de escapar de un agujero negro, no está mal.
Es morbosamente tétrico ese no lugar desde donde no te pueden llamar. Desde donde no puedes ver ni ser visto. Adentro del horizonte de sucesos nada puede ser encontrado ni escuchado. Y no es porque quien haya caído ahí haya desaparecido, no ha desaparecido, sigue ahí, en alguna parte, vuelto polvo a causa del cortafuegos, pero sigue en alguna condición. ¿Serán fantasmas sin memoria los que flotan ahí?
El estado de la materia absorbida por un agujero negro es un misterio para todos, especialmente para los más geniales físicos de la humanidad. Pero está flotando en el horizonte de sucesos hasta que colapsa —conforme la teoría— en el centro del agujero negro. Algo así como: sabemos dónde estás, pero no cómo estás.
Y luego aparecen otras teorías al respecto, una de Hawking que sostiene que no, que no hay horizonte de sucesos, sino un horizonte aparente, y que de un agujero negro sí se escapa la materia, pero totalmente transformada, en forma de radiación. Que no se podría determinar lo que hay adentro a partir de lo que va saliendo porque todo ha cambiado. Un renacimiento sin memoria, digamos. Una forma de desaparecer sin desaparecer.
Y entonces pienso en los que se han ido. En mi abuelo que cumplirá 15 años de estar sin ser él en un agujero negro. E imagino que si algo de él logró escapar en forma de radiación, tendría que ser su mirada. Pero una mirada que ya no recuerda los ojos de donde vino, claro, ni lo que busca. Y con esto me conformo, no es su culpa no acordarse de mí, ni será la mía olvidarme de él cuando cruce el horizonte. Cualquiera de ellos.






martes, 12 de abril de 2016

Entrar a las olas


Son las tres de la mañana y el sonido potente del mar me ha recordado el título de la canción El mar no cesa, de los Héroes del Silencio. Es una observación real: las olas de agua burbujeante vienen una tras otra, así como sus sonidos. En este quinto piso, seguramente empujado el ruido por el viento, el mar parece a punto de meterse por el balcón.
Mi hijo mayor está de fiesta con sus amigos por algún lado de esta playa arenosa y semialumbrada. Es la primera vez que le hemos soltado la cuerda para algo como esto. Me ha llamado desde las 12 desde teléfonos diferentes, pues el suyo se ha quedado sin batería y el de otro amigo se ha caído al mar. La llamada de las tres de la mañana todavía no llega. No escucho sirenas ni gritos. Atrás del bramido del océano se distingue una música saltarina que no logro identificar desde dónde viene. Le pedí mil veces a mi hijo que no entrara a las olas.
Veo pequeños grupos de personas corriendo por la arena. Me sorprende que tengan energía para seguir a ese ritmo hasta estas horas. Deben ser jóvenes y más de uno ha entrado a la olas de un mar que ya anunció aguajes y turbulencias. A mí la espalda me está dando malas horas. Y seguramente me duele porque he cambiado —sudando y resoplando— la llanta baja de mi carro que amaneció muerta. Justo al frente de mi balcón un hombre de camisa roja camina hacia el mar. Va solo. En él me detengo morbosamente. Sería muy aburrido si se moja hasta las pantorrillas y se regresa. Debería ir con el corazón reventado y cantando Alfonsina y el mar. El amor es otra ola a la que entras en solitario.
Y el mar no cesa. Hace la de Mahoma y la montaña: si no entras a las olas, las olas entran en ti. A una hora diferente, con un par de tazas de café en el organismo, seguramente podría pensar algo profundo para relacionar al mar con la vida, con el paso de los años, con el miedo y la distancia.
Mis hijos menores duermen. Hace varias horas el más pequeño ha entrado al mar tomado de mi mano y el otro ya no me ha buscado para hacerlo. Uno siempre entra a las olas completamente solo, salvo cuando va de la mano de alguno de sus padres. Ahí el mar parece un juego, un baño de espuma incansable. Pero después la cosa cambia. Entras sabiendo que si te jala no debes luchar para salir porque te matará del cansancio, y que lo mejor es tratar de flotar de espaldas hasta que se aburra de ti y te deposite en tierra a pocos kilómetros de donde empezaste. O entras sabiendo que, si el sistema de alcantarillado no es de lo mejor, posiblemente estés nadando en mierda. O nadas tratando de olvidarte de las medusas venenosas, los tiburones despistados y los choros listos para llevarse tu ropa en la orilla.
Tres y cincuenta. Papi, ya estamos abajo. Al carajo el mar. Les digo que se laven la arena de los pies. Acomodo los colchones para los amigos. Se duermen en cinco segundos y dejo encendido el ventilador del techo. Pese a la parcial incomodidad, mañana no les dolerá la espalda.

            Mi hijo descansa por fin en la cama. Y por todas las ventanas entra el mar con su incesante canto de loco. Quiero pensar que me está felicitando por los críos. Prefiero eso a otro tipo de mensaje. Más tarde volveremos al juego. Él siempre viene solo. Nosotros también.

martes, 8 de marzo de 2016

El valor del activismo

Por “activismo” quiero referirme exclusivamente a esa actividad que busca ampliar derechos a quienes por costumbre les han sido negados o limitados.   Hay gente que se enoja con este activismo, posiblemente porque los cambios estorban, y seguramente porque se olvidan de que el mundo actual es mejor que el pasado en muchos aspectos gracias a los activistas y su constante inconformidad.

Los días pasados han sido una pesadilla de violencia y crimen en el Ecuador. En orden cronológico nos enteramos de los asesinatos de dos turistas argentinas en Montañita, de dos infantes degollados en Muey y de un niño violado y asesinado en Esmeraldas.  No hace mucha falta hacer énfasis en la repercusión social y mediática que estos crímenes tuvieron dentro y fuera del país, todos sabemos por dónde y cómo se repartió el interés de estas noticias.

No pretendo establecer una comparación, no me atrevo a decir que dos niños de 4 y 6 años degollados es un acto más terrible que un niño de 9 violado y asesinado, o que dos chicas mayores de edad muertas mientras visitaban una de nuestras playas.  Tampoco pienso caer en ese canto acomplejado de reclamar más atención para nuestros compatriotas pobres, que hacia dos extranjeras de apellidos europeos. No hay espacio para la comparación en estos días tan llenos de horror que estamos a punto de volvernos inmunes a la decepción por nuestra propia especie. 

Sin embargo, hay algo para preguntarse: ¿Por qué razón o razones un crimen tuvo más o menor impacto público?  ¿Cómo enfocar un análisis y una posible explicación sin caer en el complejo, en la xenofobia, y en la politiquería ramplona? 

Tengo una teoría que no parte de la envidia, sino de un acto positivo: Lo que provocó una mayor atención hacia las chicas asesinadas fue el activismo a favor de la mujer.

Notarán ustedes cómo el asesinato de Marina y María José despertó varios elevados intelectos (mayoritariamente femeninos), que produjeron textos contundentes y ampliamente difundidos sobre  la mujer y sus derechos. Aquí un lingote de oro como muestra: Mafer Ampuero Revista Anfibia    En seco y al instante fueron parados los idiotas intentos por culpar a las víctimas por ejercer su vida con libertad. Si algo bueno pudo salir de tanta tristeza y maldad, fue haber dejado en claro que la víctima de un delito con esas características jamás es la responsable. Será muy difícil que en el futuro alguien más se atreva a sostener que una faldita corta justifica a un asesino, sin que sea debidamente acomodado en su respectivo orificio.

Regreso al activismo.  El  siglo XX –por ejemplo- nos ofrece varias muestras de cómo la legislación penal y civil fue cambiando lentamente para que la mujer no resultara siempre la parte débil, especialmente en el campo sexual.  Estos cambios, no fueron el resultado  espontáneo de las mente conservadoras y tradicionales de nuestros legisladores, sino el efecto del activismo feminista.  Así también el derecho al voto, la administración de su propio patrimonio, y la continua búsqueda de igualdad de oportunidades se han dado gracias a esta lucha sin tregua. Y sin descanso, porque la brutalidad tiene su propio impulso y energía de ahí que el activismo actúa como la palanquita para vaciar los retretes cuando es necesario.

¿Falta activismo a favor de los niños en desventaja como los de Muey, o el de Esmeraldas?

No voy a caer en ese odioso defecto falaz de decirle a otro qué activismo debería tomar. “En vez de joder en la plaza de toros, estos jipis antitaurinos deberían preocuparse por los niños de la calle”, es una de las piezas más exuberantes de idiotez con las que me he topado en la vida,   por lo tanto en ese rol de juez de activismos no pienso caer.  Y de todas maneras me vuelvo a preguntar si falta activismo a favor de los niños en desventaja como los de Muey.

La respuesta es obvia. El activismo falta en todas partes, es una lucha desigual, en muchos casos es un goteo de agua que a fuerza de constancia y muchos años termina de romper la roca. Es necesario y ojalá fuera más amplio y fuerte. Entonces, ¿a quién le correspondería o interesaría abanderarse de esta tragedia de Muey? ¿Qué fibras de la sociedad deberían despertarse con este dolor? El dolor despierta y sacude, a fin de cuentas el 8 de marzo se conmemora a partir del asesinato de 146 mujeres que murieron quemadas dentro de una fábrica textil en New York dentro de la cual reclamaban mejores salarios.

Pienso en esos niños de 4 y 6 años degollados por la mano que más debió amarlos.  Pienso que la mayoría de personas creen que por el simple hecho de ser heterosexual una pareja ya sus hijos estarán a salvo automáticamente. Pienso en esos mismos seres que se aterran con la adopción de parejas homosexuales, como si ser pareja homosexual fuese la garantía de una tragedia asegurada. Pienso en tantos niños abandonados, o parcialmente cuidados en hogares de paso, o en orfanatos, o encargados donde parientes que nunca los quisieron. Recuerdo las estadísticas que señalan que el mayor porcentaje de ataques sexuales a niños corresponden a parientes cercanos. Y vuelvo a preguntarme ¿por qué hay tanta gente de neuronas aisladas que confunde homosexualidad con pedofilia?

En redes flota, como basura en el mar, un meme que dice que la adopción es un derecho de los niños a tener padre y no un derecho de los homosexuales a tener hijos.  Esta falacia deja de lado lo más importante: hay parejas homosexuales que quieren hacer efectivo ese derecho del niño, pero hay gente que se cree con la facultad de impedírselos por discrimen e ignorancia. Y de paso esa misma gente solo se limita a “prohibir”, pues tampoco está  adoptando a esos niños. Perros del hortelano, y de los peores.  Perros de fábula, por cierto, porque los perros reales son mejores que cualquier humano.

Me pregunto, y no voy a dejar de hacerlo, si esos niños o su entorno dieron alarmas que debieron ser atendidos por la metiche vecindad que está para el chisme pero no para lo importante. O si hubo denuncias y las autoridades las traspapelaron en sus cajones sin fondo. Y me cuestiono, y tampoco dejaré de hacerlo, qué hubiera pasado si esos niños u otros niños con el mismo destino cruento pudieran haber ido a parar en un amoroso hogar de dos madres o de dos padres, en lugar de terminar en un nicho blancuzco y triste donde podrás leer y calcular sus edades al morir, pero nunca enterarte que murieron con las gargantas cercenadas a cuchillo por la mano que más debía cuidarlos.  


Por la mano que nadie puso en duda por que es heterosexual.