LA NOSTALGIA


Es  11 de mayo de 2015. Son un poco más de 14 años desde que mi abuelo murió y el viejo permanece en la cúspide de la pirámide de mis nostalgias. Hay varias muertes ya en mi camino. Dolorosas, incomprensibles, naturales. Tengo la edad en que podría ser huérfano sin que parezca muy extraño desde el punto de vista de la cronología. La nostalgia tiene algunas caras, pero probablemente la que más utiliza es la muerte.

Pero vamos, que no haya pánico, el Rey Mufasa ya nos habló del círculo de la vida y de que todos somos parte de este circuito tan cruel como natural. Además echar en falta a una persona que jamás volveremos a encontrar no es la única nostalgia que un caballero cuarentón experimenta: Lugares, quimeras, retos, vacíos, sentimientos, asombros, emociones, lugares que fueron solo una sensación, son las nostalgias que más incomodan.  Las nostalgias de las cosas intangibles, en otras palabras. O las tangibles, como el primer agarre de una teta, sensación incomprensible  de electricidad y calentamiento global que los cuarentones volveremos a sentir solo si nos cae un rayo.

Voy al inicio, o al menos 7 años antes de la primera teta. A principios de los años ochenta del siglo pasado, mis padres tenían una hacienda en la provincia del Cotopaxi, a una hora y media al sur de Quito. En ese sector llamado “Salache” donde estaba la hacienda, había docenas de caminos de tierra o empedrados por los cuales yo solía conducir mi Yamaha trail de 50 centímetros cúbicos, color amarillo (terminó pintarrajeada de negro con aerosol, por culpa de la serie Street Hawk). De todos los caminos idílicos y cubiertos de tierra, tórtolas, gorriones, vacas y viento, en los cuales sumé cientos y cientos de kilómetros, tenía uno predilecto. No había que ir muy lejos de la hacienda -hacia el sur oeste- para llegar a una bifurcación donde aparecían enormes pencos, si te ibas derecho, o al sur,  llegabas al fin de la vía a una propiedad de alguien, si tomabas hacia la derecha, o al oeste, empezaba un camino empedrado y hundido entre eucaliptos y lomas cubiertas de pastos. Un medio kilómetro más adelante el caminito volvía a partirse en dos, a la derecha subía y viraba aún más, regresando hacia el norte y ofreciendo vistas de la quebrada y un pequeño valle hacia abajo, esta visión nunca me gustó porque nací con vértigo.  Hacia la izquierda una bajada pronunciada con una curva a la izquierda y otra hacia la derecha que yo bajaba en segunda marcha y con el pie en el pedal del freno porque las piedras estaban flojas y mal puestas y no era un camino fácil para conducir. Esta pendiente rodeaba una hacienda antigua donde una misteriosa casa con una vacía piscina de piedra tenían un solo y gentil huésped, el señor Andrade, un viejito que conducía una camioneta Datsun 1200 verde y que saludaba siempre tocándose el sombrero.  Nunca faltaron los pájaros saliendo disparados del suelo como silbadores asustados por la moto. La bajada empedrada culminaba en un puente sobre un río donde yo dejé el fantasma de mi infancia ahogado bajo las aguas de una sensación de soledad deliciosa y triste que nunca entendí.

Me pasaba larguísimos momentos  mirando el río con un fondo de limo negro y gusto a sal, sin bajarme de la moto usualmente listo para acelerar porque el puente estrecho no tenía espacio para un carro y una moto.  A veces dejaba la moto por ahí y me acercaba a la baranda de cemento donde me sentaba para seguir pensando en el agua que fluía a un metro o tal vez dos metros desde donde yo me instalaba. Un día bajé a la orilla y metí las manos hasta el fondo en la corriente pequeña y afable que nunca tuvo intenciones de arrastrarme.  El río venía desde lejos y se iba más lejos todavía aunque no llegaba al mar. Creo que el río me escuchó decirle algunas cosas.

He pensado varias veces en regresar. Llevar a mi esposa y a mis hijos a ese sitio donde mi fantasma de niño vive bajo un puente me resulta atractivo, aunque no sabría cómo explicarles lo que era mi corazón en esos años. Es tan difícil reconstruirse, volverse a armar con piezas que faltan y otras que sobran. Tal vez sea el momento de aceptar que no soy ese niño, ni jamás lo volveré a ser.  

He renunciado a intentar esa visita, ni solo ni acompañado, pues estoy seguro de que hoy, luego de tantos ríos y tantos puentes, la amable corriente transparente solo me parecerá un riachuelo insignificante que no merece ni siquiera un nombre y el puente simplemente será una gran loza de concreto tirada sobre las orillas. Un río es una presencia inexplicable  para un niño y es  solo agua para un hombre. Yo se que esa sensación mágica, casi de comunión entre el sonido cristalino y el movimiento oscilante de las algas y mi niñez ha desaparecido. Dejo constancia que no siento nostalgias por mi niñez, pero si quisiera, brutalmente quisiera, caer en  alguna de esas sensaciones imposibles de entender.

Fito Páez tiene una frase en su canción La rueda mágica: “yo extraño esa fascinación, un poster de una Gibson Les Paul, que nunca voy a olvidar” y acabo de terminar de leer un librazo sensacional que es “Océanos de Arena” de Santiago Gamboa donde relata en primera persona  una desesperante sensación de calor y sofoco luego de flotar en las aguas del Mar Muerto, entonces al salir Santiago del agua consigue, luego de una desesperada espera en un calor del demonio, echarse encima un vaso de agua fría en la espalda y sostiene: “No sentía tanto placer ni tanta concupiscencia desde los dieciséis años.”  Estos son dos ejemplos de la nostalgia por lo inasible. Nostalgias de sensaciones que a esta edad no se consiguen y en mucho conspiran para enfrentar con fluidez el día que camina lento junto a ti.

A los diez años me enamoré con locura de Yolanda Ventura que era una integrante del grupo español “Parchis”. En serio que la amaba con el suficiente sentimiento candoroso y potente como para llenar mi propio disco de doce canciones. Pasaba horas sosteniendo los discos rojos, mirando sus fotos en ambos lados de los forros de cartón.  Dos años atrás un amigo me envió las fotos de Yolanda convertida en un mujerón de 43 años desnuda y hermosa en fotos para la edición mexicana de Playboy. Yo había estado buscando esas fotos con una curiosidad algo ridícula y cuando las abrí en la pantalla de mi computadora, sin negar ni un segundo  la belleza de esa mujer y su par de enormes e imponentes ojos, me pasó lo que temo que me pasaría si voy junto al río de mi infancia.

Extraño esa fascinación
LA NOSTALGIA LA NOSTALGIA Reviewed by S O S on 16:08 Rating: 5

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